Guerras de independencia hispanoamericanas



  • Como homenaje a nuestro próser, posteo este interesante artículo sobre una faceta militar poco analizada del Libertador de América-

    La Estrategia Naval del General San Martin (José Cerverapery)

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    José de San Martín, criollo, es decir español o hijo de españoles de América, oficial heroico de nuestro Ejército durante la guerra de la Independencia contra Napoleón, es la personificación más definida del proceso de la emancipación americana, obra esencialmente de esos hijos de españoles que en un momento de crisis de las instituciones patrias, se sintieron ya maduros para un nuevo peregrinaje.

    La figura del general San Martin tiene además dimensión continental ya que pertenece a las historias de Perú y Chile, lo que reafirma la raíz hispánica de la emancipación americana y tiene su reflejo en la tradición de madurez política de estos países sanmartinianos, quizás en homenaje a la misma madurez con que San Martín proponía al último virrey del Perú, fórmulas de colaboración con España.

    El perfil histórico de San Martin completa un doble y recíproco proceso de incorporación entre Hispanoamérica y España. Raul Porras afirmaba que el día en que España entendiera o hiciera suyo aquel episodio de la independencia americana o Hispanoamérica se apropiara sin recelos el hecho de la conquista, habría llegado el momento de madurez de la comunidad hispánica de naciones. Pero en la semblanza de San Martín, antes de ser adalid de la independencia americana, aparecen rasgos notables que lo determinan.

    Fue un héroe de la guerra de la independencia española. Peleó en Bailén, Arjonilla y Albuera, en África y Portugal. Y su lucha tuvo el mismo sentido que en Chacabuco y Maipú. Ante una metrópoli en desintegración, ante la actitud pasiva de sus clases dirigentes, América inició su propio camino. Y en aquellas terribles horas, aunque parezca paradigma, fue salvar la Hispanidad.

    Debemos sin embargo centrarnos en el tema propuesto para esta conferencia. La estrategia naval —o marítima— del general San Martín, que no todos sus apologistas o detractores conocen suficientemente, pero que es una faceta que habrá de estar muy presente en su trayectoria histórica, tanto en España como en América.

    Casi ningún militar de la época domina otras leyes que las suyas propias. San Martin, sin embargo será la excepción ya que desde joven es poseedor de una mentalidad marítima consolidada en su proceso de formación a bordo de buques de guerra españoles y que va a permitirle la proyección de operaciones anfibias y el conocimiento a fondo del dominio del mar y su importancia, aplicándolo a sus expediciones y conquistas.

    Es indudable que esos conocimientos los adquirió en su juventud y en los años anteriores a la iniciación de las campañas en las cuales el mar tendría gran influencia. Es decir, desde el momento en que penetra en Chile y se encuentra con un enemigo que domina el mar y puede enviar refuerzos donde le conviene. La primera campaña naval del joven San Martín, la realiza a bordo de la fragata Santa Dorotea, un buque de 600 toneladas y 26 cañones al mando del capitán de fragata don Manuel Guerrero y Zenón, jefe de distinguidos servicios.

    En ella San Martín está al mando de la Infantería de Marina, a los que debe instruir en el manejo de armas y operaciones de abordaje, con una dependencia funcional directa del segundo comandante, que es a su vez el jefe de toda la tropa; artilleros e infantes.

    Esta primera campaña naval —realizará nada menos que seis— se inicia cuatro meses después de librarse la batalla del cabo San Vicente, y en ella participa la Santa Dorotea, con tres fragatas más, que integraban la División de don Felix O’Neylle, en una singladura de Mahón al norte de África transportando caudales y pertrechos. Durante el viaje de regreso, avistaron tres embarcaciones y la Dorotea apresó una de ellas, que resultó ser un corsario inglés.

    En las tareas de apresamiento, San Martín tomó parte destacada, pues consta en su hoja de servicios que mandó la dotación que se hizo cargo de la nave, con no poca pericia y riesgo. Hasta seis campañas realizó el joven oficial en la misma fragata, todas ellas llenas de interesantes peripecias. De la segunda y tercera hay pocas referencias, pero en la cuarta, recorriendo diversos puertos del Mediterráneo, la Dorotea fue separada por un temporal del resto de los navíos y perseguida por una fragata y un bergantín ingleses de los que pudo zafarse, lo que seguramente dio a San Martín ocasión de meditar sobre el significado de un poder militar superior.

    La quinta campaña naval de San Martín a bordo de la Dorotea es importante y en ella cumple precisamente sus veinte años de edad. En ese día —25 de febrero de 1798— la división de O’Neylle con sus cuatro fragatas, transportaba caudales y pertrechos a Mallorca, con la posterior comisión de cargar pólvora en Tolón.

    La travesía fue accidentada por las dificultades de artillado de una de las fragatas de escolta, pero el 17 de mayo ya había fondeado en la ciudad francesa donde estaba la escuadra napoleónica que preparaba la invasión a Egipto. Con la pólvora a bordo, los barcos de O’Neylle tuvieron que esperar para hacerse a la mar porque una escuadra enemiga bloqueaba el puerto. Burlando el acecho llegan a Barcelona y zarpan de inmediato para Cartagena apresando la Dorotea un corsario en Gibraltar.

    De toda la agrupación, la fragata en la que prestaba sus servicios San Martín era la más ligera y efectiva en la captura de enemigos, por lo que el joven oficial adquiría una experiencia naval destacada dentro de su formación castrense. Con una nueva comisión a Argel, zarpó la expedición de O‘Neylle en la sexta y última campaña que intervendrá el segundo teniente San Martin.

    Las cuatro fragatas salen de Cartagena y luego de tocar Argel, cumplida su misión, regresan al puerto de partida, pero la Dorotea no llegaría nunca a su destino. La fragata avistó una nave a la que empezó a perseguir pero sufrió averías en la arboladura que la pusieron en inferioridad en cuanto a maniobra y velocidad.

    El buque perseguido resultó ser un navío inglés de 64 cañones, el Lion, enemigo más que terrible para las fragatas que enfiló de inmediato hacia la averiada Dorotea, centrando su castigo sobre la misma, y aunque O’Neylle intenta su socorro con la Proserpina y a la Casilda tiene que dejarla a su suerte o desgracia. Rendida la fragata tras agotar todos los medios en el combate con más de 20 muertos y 72 heridos, el informe que el comandante del Lion remitió al almirante Jervis, señalaba que la Dorotea se había defendido con la más constante bizarría titulando de bravos a sus comandantes y oficiales que tras los rigores de un largo cautiverio, fueron devueltos a España bajo palabra de honor de no tomar armas contra Inglaterra salvo canje.

    Unos pocos fueron llevados a Barcelona y el resto a Cartagena. Entre ellos estaba San Martín. El prisionero liberado volvió a las armas en su regimiento de origen en la campaña de Portugal y está en Cádiz en 1808 como ayudante del general Solano al que defiende con riesgo de su propia vida del ataque las turbas. Tomó parte en destacados hechos de armas en la guerra contra el invasor batallas de Arjonilla, Bailén y Chiclana, y con el empleo de teniente coronel solicita su retiro, tanto por el mal estado de su quebrantada salud como por las atenciones familiares que lo llevaban a Lima donde tenía intereses abandonados, y con firmes ideas sobre el futuro de los virreinatos hispanoamericanos. Ya está por tanto San Martin en América, ante una segunda etapa de su vida militar que habrá de resultar trascedente y decisiva, aunque empuñe las armas contra quien le había forjado en ella.

    Su mentalidad naval intuitiva, pero al mismo tiempo madurada, sería una eficaz colaboradora en el planteamiento de sus nuevas campañas. Las noticias del fracaso de las tropas francesas en Abukir —que San Martin había podido admirar en Tolón— y la derrota de las fuerzas navales franco españolas en el combate de Trafalgar, le hicieron meditar y comprender lo necesario que es el dominio del mar antes de emprender una operación ultramarina.

    Trafalgar —donde habían combatido otros criollos que después sobresaldrían en sus luchas patrias, entre ellos el guardiamarina Manuel Blanco Encalada— fue por supuesto otra viva lección del buen uso del poder naval. Y no habría de dejar de influirle en su faceta náutica, su amistad con don Diego de Alvear, marino ilustrado y científico, al que conoce en sus últimos años gaditanos y del que recibe una clara influencia liberal y mayores conocimientos de estrategia y tácticas navales.

    La visión naval de San Martín en el problema de la emancipación americana, se presenta clara a través de sus escritos, conferencias, y en el trazado de sus planes militares. La carta a Nicolás Rodríguez Peña, fechada en Tucumán en abril de 1814, descubre en dos líneas la liberación del Perú, mediante una expedición marítima, los conceptos que le mereció la caída de Montevideo y otros acertados juicios sobre su teoría de que no dominando el mar es inútil avanzar una línea fuera de este territorio.

    La concepción militar del problema emancipador pudo llevarla a una feliz realización por aplicar el principio que en la guerra juega un papel importante, junto al armamento en evolución constante, el ingenio del mando para aprovechar cualquier contingencia favorable. El mar le brindaba ésta y supo aprovecharla bien en la medida de los recursos de que disponía.

    Ya en 1814, encontrándose en su país natal y al mando del ejército de Salta, ve claro que la proyectada invasión al Alto Perú, está condenada al fracaso si no se consigue llegar primero a Chile y desde allí emprender la conquista de Lima desde el mar. Para ello necesita una flota en el Pacífico que asegure con el dominio del mar, la expedición al Perú, garantizando las comunicaciones marítimas.

    La escuadra chilena será pues obra sanmartiniana aunque tenga numerosas discrepancias con su primer almirante lord Cochrane, por el medio idóneo para emprender la expedición contra Lima, sin cuya caída San Martín juzgaba que jamás la América española podría conquistar su independencia. Chile no era para él ni un desenlace ni una conquista, sino simplemente una ruta militar que le era preciso seguir hasta golpear las puertas del poderoso virreinato.

    En 1815 se produjo la expedición del general Morillo —antiguo alférez de Infantería de Marina dirigida contra Venezuela y Colombia (Costa Firme) a las que habrían de seguir las de 1818 a Talcahuano y Lima.

    El esfuerzo naval español no encontrará las justas compensaciones. Las enseñanzas de Abukir y Trafalgar, claras en la mente de San Martín lo determinaron a dominar el Pacífico para asegurar con el poder naval la expedición del Perú y las comunicaciones marítimas. Con la escuadra chilena de su creación transportó a los vencedores de Chacabuco y Maipú a la tierra de los incas.

    El éxito sonríe a San Martín en su expedición. Ocupa en triunfo Lima y proclama la independencia del Perú. Con ello había podido constatar como su escuadra era capaz de dominar el Pacífico meridional. Su fuerza de voluntad y su clara visión habían sido el motor impulsor de esta poderosa expedición libertadora al Perú después de haber conseguido el dominio de Chile.

    En esta empresa, considerada como la más meritoria de la guerra de la independencia hispano-americana, San Martín tuvo excelentes colaboradores, como O’Higgins, Blanco Encalada, Zenteno, Guise y Las Heras También se debe a San Martín la creación de la escuadra peruana ayudado por su ministro de Guerra y Marina Bernardo de Monteagudo.

    Lo hizo por considerarlo necesario para el Perú y no sólo debido al retiro de la escuadra de Chile. Le supuso un tremendo esfuerzo de organización, pero su mentalidad naval jugaba a favor y sus medidas fueron más allá de armar y tripular una escuadra, ya que creó igualmente su infraestructura, dictó sus reglamentos, organizó sus servicios y aseguró su trascendencia.

    La fuerza naval que creara la estrategia marítima sanmartiniana, fue el origen de las dos escuadras nacionales de Chile y Perú. El final de la presencia hispana en el Pacífico se prolongó cuatro años más tarde del alejamiento de San Martín.

    Su antagonismo con Bolívar y sus deseos de no poner obstáculos a la obra de la emancipación americana le hicieron retirarse del ejército peruano y del mando del que estaba investido. Durante diez años había peleado por la independencia de aquellos países figurando su nombre entre los hechos más notables hasta dar relieve a su figura con el título de Protector.

    Pero cuando San Martín se retiró tras la entrevista de Guayaquil, su acción marítima continuó favoreciendo la causa de América. Había liberado el Pacífico a través del mar dejando a Bolívar sin enemigos en su flanco marítimo. Ni refuerzos, ni ataques, ni órdenes podían llegar por el mar.

    Esto es algo que no se le ha reconocido en justicia y en toda su importancia. A San Martín ha llegado a considerársele como el precursor de Alfred Mahan el creador de la estrategia marítima moderna y de la verdadera significación de la importancia del poder naval. La comparación tal vez sea exagerada, pues el antiguo oficial español fue ante todo un militar y no un marino. Pero no por eso cae en demérito su magnífica concepción de cuanto el poder naval juega, significa y decide en la historia de los pueblos. (JOSÉ CERVERAPERY * – CUADERNO Nº65 DEL INSTITUTO DE HISTORIA Y CULTURA NAVAL – ARMADA ESPAÑOLA) Fundacion Nuestro Mar

    • El autor es historiador y militar español, General Auditor del Cuerpo Jurídico Militar, y es especialista en Historia Naval.

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